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La Columna

Dicotomía de la pasión

Leonid Afrimov- Rainy Kiss

Desde el instante en que el ser humano abre los ojos para interrumpir sus sueños y comienza a vivir la realidad, la razón y las emociones comienzan un duelo.  Buscamos tomar las decisiones pertinentes para no alejarnos de nuestra zona de confort; generalmente hay dos opciones: dejar a un lado la sensiblería, cerrar los ojos ante los impulsos, seguir nuestro camino ya trazado, calculado; o podemos dejarnos fluir, ser absorbidos por nuestras pasiones y esperar el lugar al que estas nos lleven.

¿Qué es el amor? ¿El afecto? ¿Qué sentimos cuando llamamos a alguien “amigo”? Uno de los principales temas de discusión y reflexión en la historia de la humanidad es el amor. Intentamos describirlo, sentirlo y hasta brindarlo. Batallas, acuerdos, treguas, descubrimientos, e infinidad de acciones históricas y cotidianas han sido impulsadas por esta pasión, por amor a la vida, a la humanidad, al conocimiento, a las naciones, e incluso a uno mismo.

No hay solo un tipo de amor, y por lo tanto tampoco una definición. Los más grandes filósofos han indagado en el tema, sin conseguir un  concepto que los identifique a todos.  Friederich Nietzsche plantea en “La Gaya Ciencia” sobre el amor y la codicia como hermanos del mismo impulso que los provoca. Se refiere al amor como un término posesivo, egoísta y limitado. El filósofo hace hincapié en el anhelo de posesión de la persona amada, tanto de su cuerpo como de su alma.

La filosofía de Nietzsche acerca del amor, difiere de lo que plantea Aristóteles: “amamos a los que nos hacen el bien, o a aquellos de quienes lo esperamos, a los que nos aman o esperamos a que nos amen”.[1]

En “Las palabras y las cosas”, Nietzsche dice claramente que su ideología difiere totalmente al Platonismo (recordemos que Aristóteles fue discípulo de Platón, por lo tanto comparten muchas ideas) por ser inalcanzable, sin embargo; hay una línea por la que los dos grandes filósofos concuerdan y al creer sentirla en carne propia, me identifico: la amistad como forma de amor.

“Hay aquí y allá sobre la Tierra una especie de prolongación de amor en la que mutuo anhelo codicioso de dos personas ha cedido el paso a una nueva ansia y codicia, a un común anhelo superior de un ideal sublime; mas ¿Quién sabe de este amor? ¿Quién lo ha experimentado? Su verdadero nombre es amistad”.[2]

Hay una forma despreocupada de seguir los impulsos, sentir las pasiones y no dejar de lado la tranquilidad de que estás realizando cosas de forma pertinente. Olvidar el decoro en demostraciones de cariño y entregar todo con la seguridad de que la persona que lo recibe no lo malogrará. Un amigo se gana su título; demuestra ser la persona que merece ser amada, pero no debe ser poseída.

El amor no se restringe a los seres humanos y la amistad no solo se presenta en la persona con la que se anda codo a codo todos los días. Hay cariños de un solo día y hay lealtades permanentes. Este es el tipo de amor que no debilita, que no genera víctimas. Son los pasos firmes con los que se camina. No es un amor hipócritamente desinteresado, ya que para que exista un acreedor de ser llamado “amigo”, debe existir otro frente a él siendo recíproco.

Más allá de las categorías y significados que se le quieran otorgar, solo la experiencia de ser parte de la amistad puede describirla. Pienso que es eso lo más parecido al amor de un padre por su hijo y viceversa, ese compañerismo, cuidado y sincero afecto que acepta que la distancia se pueda interponer entre los cuerpos, pero no entre las ideas compartidas.

Hay algo más que la entrega de un cuerpo y el historial limpio de decepciones. ¿Quién dijo que el amor no falla? ¿Que la sinceridad nunca falta? La realidad siempre va a cambiar las expectativas de los ideales que queremos alcanzar; pero esta es la única forma de probar que las pasiones son reales, de dejar que la tibieza de la amistad inunde la piel con el conocimiento de que los seres humanos siempre fallan y a pesar de eso tener confianza.

Pero hay impulsos que en lugar de ser los pasos firmes con los que se camina, son escalones que se buscan pisar. La envidia mantiene la mente ocupada en el exterior, las miradas analizan al prójimo antes que a uno mismo. La pasión comienza a envenenar la mente en distintas medidas, contagiando las ideas de preocupaciones y frustraciones por desear lo ajeno.

¿Por qué al ser humano le gustará tanto tener lo que nadie más? El sentimiento de querer poseerlo provoca la envidia. No solo en lo material se codicia lo que no nos pertenece. Virtudes, conocimientos y pensamientos también quieren ser arrancados de quien parece ser mejor por el hecho de poseerlos.

La envidia puede motivar a tomar decisiones y comenzar una imparable competencia entre el espejo y la persona. Querer ser excepcional es totalmente humano y un gran motivo de supervivencia en la Tierra; pero querer tenerlo todo y dejar al resto sin nada convierte a las personas en su forma más primitiva, peleando de forma irracional por algo innecesario.

Un castigo permanente en el envidioso es la insatisfacción, pero para el envidiado  la adulación discreta y el reconocimiento de que sus posesiones provocan deseo, muchas veces puede ser un premio. Siendo realistas, mirando a nuestros acompañantes de rutina, ¿hay alguno al que no le guste ser envidiado? Sería falso decir que la envidia de otros no es el helio que infla mi ego y el sentir envidia, la aguja que poncha el globo.

Pero en esta ocasión, permitir a este sentimiento tomar nuestras decisiones, dejándonos absorber por esta singular pasión, sería un grave error. Únicamente provocaría resquemor para el que fue envidiado, e insatisfacción para el envidioso que siempre va a desear más.

 


[1] Reyes, Alfonso, Obras completas, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1961, pág. 391

[2] Nietzsche, Frederich, La Gaya Ciencia, Akal, Madrid, 2001, pág. 74

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