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BAILA MI REY: EL EVENTO QUE ME HIZO SOÑAR

 

Foto. José Ibáñez

Por Yashodara Solano.

Domingo por la mañana. Voy corriendo hacia mi destino, hacia ese túnel que habría de hacerme viajar en el tiempo. Llegué a la puerta del Salón “Los Ángeles” y viajé en el tiempo hasta los años cuarenta. Esperaba encontrar gente de la tercera edad pero mis ojos, la música, el ambiente hicieron que viera aquellas caras como los jóvenes que fueron alguna vez. Danzoneros, rumberas, pachucos, todos en un mismo lugar bailando al son de las orquestas y sus metales, guiados por una especie de pasión contenida, un amor que podía casi respirarse.

Pasos perfectamente ejecutados, trajes impecables, cuerpos espectaculares y colores llamativos. Los sacos largos de los Pachucos en franca rebeldía con su tiempo, era la manera de rebelarse ante la discriminación de que los jóvenes eran objeto al emigrar a Estados Unidos, deseando sobrevivir a la marginación. Su legado ha llegado hasta las décadas del siglo XXI como voz de su tiempo que no muere y que si bien nacieron como una forma un tanto agresiva de defenderse, su rebeldía grita aún a través de su vestimenta. Cada parte de su atuendo nos llama a buscar su significado. Verlos caminar en la calle sigue siendo un grito, un llamado a preservar la cultura siendo diferentes.

Las mujeres danzoneras ataviadas con sus mejores vestidos, esperan ser invitadas a bailar y nadie lo toma a mal: es un acto de cortesía, un toque de conquista y de romance que se percibe en el ambiente. La pista se ve como el mar con las parejas bailando en armonía. De pronto, actúan para todos,  bailarinas contemporáneas al son del mambo en versión moderna y van construyendo la escena para que en el centro surja la figura de un Pachuco, bailando lentamente con la mujer que quiso ser su compañera: se miran, se sienten, se respiran… siento que me pierdo en la pasión contenida que emanan, en su sombra… pienso en que mi abuela o mi madre se enamoraron así y aún suspiran por ese amor que quizás no fue pero cuyo recuerdo queda plasmado en su memoria hasta el día de hoy. Por un momento siento que observo fragmentos de sus vidas como espectadora, como narradora de una vida que no conocí.

Y la juventud que hoy día se integra a estos bailes es poca, pero reconoce su valor: viven en la época de la inmediatez, pero aprecian la galantería de los grandes, la disfrutan, se dejan llevar con cada paso de baile poco a poco. Alzan la cabeza con orgullo y actitud mientras dominan con brío la pista. Hay quien confiesa que le gusta ser llevada poco a poco y sentir ese romanticismo que parece oculto en este rincón de la ciudad.

Pero todo acaba y es hora de partir. Hay que atravesar la puerta para volver al mundo real. Me da un poco de pena. No quiero dejar de ver los vestidos y los trajes, no quiero dejar de admirar a las hermosas rumberas y sus espléndidos trajes y plumas, no quiero dejar de ver a los pachucos y danzoneras… no quiero dejar de respirar ese amor de antaño. Ahora veré diferente el cine de esta época y sabré reconocer la rebeldía que vive en mí a través de los hombres del saco largo con pluma en el sombrero. Quizás un día me ponga mi mejor vestido y me deje llevar por el rebelde mejor vestido de la ciudad.

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